Carlos Gardel: Íntimo y divertido

El ídolo argentino decía que la existencia era corta y había que vivirla con humor. La fama y el poder jamás le cambiaron.
Carlos Gardel
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A Carlos Gardel la fama y el poder jamás le cambiaron su esencia y forma de ser. Carecía de «vedetismo» y vivía para ver, alrededor suyo, alegría y optimismo. Su sonrisa iluminaba. Por eso, años mas tarde, Perón decía: «Para gobernar la Argentina hay que tener la sonrisa de Gardel».

Solo una vez Gardel dejó de sonreír. Cuando salía de festejar sus 25 en el Palais de Glace, y por defender de un borracho al actor Elías Alippi, recibió un tiro. El médico decidió no operarlo y así, el mejor cantante de Argentina, haría toda su carrera con una bala alojada en el pulmón.

Siempre decía que la vida era corta y había que vivirla en forma divertida. Tomando con humor la controversia sobre si había nacido en Toulouse o Tacuarembó, decía misterioso: «Nací en Buenos Aires a los dos años y medio». En realidad, se había hecho una partida de nacimiento falsa en Uruguay para cambiarse la edad y no ser desertor del Ejército francés durante la guerra. Pero ni aun cuando trabajaba, dejaba de lado el humor.

El día que grabó Madreselva, hacía tanto calor en el estudio que empezó sacándose la corbata, luego el saco y después los pantalones. Terminó dejando para la historia una versión que nos emociona, cada vez que la escuchamos, y que terminó en carcajadas: fue grabada íntegramente por un Gardel empapado y en calzoncillos.

Filmando en París, con Imperio Argentina, la estrella bajaba vaporosa una lujosa escalinata y al encontrarse con el personaje de Gardel, le preguntaba dulcemente: «Podría decirme dónde está el tocador de señoras?». «Aquí me tiene, yo soy el tocador de señoras!». Ambos estallaron en risas al finalizar la toma y el director decidió dejar la respuesta en la película. Pero antes del estreno fue cortada por la censura «por tratarse de una frase demasiado fuerte».

Carlos Gardel: frases para la historia

Un caluroso día de verano, un chico lustrabotas se animó a preguntarle «qué se ponía en el pelo para tenerlo mas brilloso que sus zapatos». «No le  vayas a batir a nadie, pibe… me pongo dulce de membrillo». Al día siguiente, el chico lo atendió con una especie de casco duro y brillante sobre su cabeza. «¡Viste, pibe, qué bien te queda!». «Es cierto, don Carlos», replicó el chico. «Lo que no entiendo es por qué a usted las moscas ni se le acercan y yo tengo 100 dándome vueltas en la cabeza».

En agosto de 1924, cuando Eduardo VIII (el Príncipe de Gales que abdicó por amor) visitó Argentina, lo invitaron —a petición «del futuro Rey de Inglaterra»— a pasar un fin de semana en una estancia junto a su comitiva. Después de una cena formal, Gardel tomó la guitarra y no paró de cantar. El Príncipe quedó tan enloquecido que a la mañana siguiente, antes de partir, pidió que despertaran a Gardel para sacarse una foto con él, para mostrársela a la Reina Victoria.

Cuando el «desubicado» que se ofreció para la tarea le pidió que se levantara para la foto, Carlitos balbuceó: «Decile al Príncipe que ya le canté bastante, que las fotos para Reinas las hago solo de noche y con smoking». Otra anécdota «real» fue en ocasión de su presentación en un teatro de Madrid. Al terminar la función, uno de sus guitarristas le anuncia que está el Rey de España en la puerta del camarín. «Pero hacelo pasar!». Y cuando entra, con su mejor sonrisa gardeliana, le larga un «¡qué hacés, Alfonso!».

En otra oportunidad, fue invitado con su grupo a pasar unos días en el castillo de una aristócrata en Inglaterra. La primera noche, la mujer dio una comida de gala.

Mientras esperaba a la mesa, con todos los invitados de frac, la llegada del homenajeado, Carlos Gardel salió de su habitación con su bata de seda, entró al comedor, se acercó a la cabecera y le dijo a la ricachona: «Mi simpática señora, le hago una aclaración. Yo acepto que el frac sea una prenda elegante y distinguida, pero yo no me siento a comer con la ropa que trabajo». Entonces ocupó su lugar de honor y tras un «permiso, buen provecho», le guiñó el ojo al mayordomo inglés y le dijo: «Rubio, traéte el puchero».

CalaBienestar.news by Ismael Cala

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